REVERSIBILIDAD

16

¿Conoce el concepto de reversibilidad? Un tipo compra un anorak reversible, unos días viste una elegante chaqueta verde loden y otros, un impermeable de un rojo tomate que deja boquiabiertos a su jefe y a la secretaria de Recursos Humanos que siempre le ha considerado un mindundi.

Sí, por su expresión veo que sabe de lo que le hablo. Sin embargo, seguro que ignora que… ¿cómo diría?…, todo es reversible: los objetos, los animales, las personas, en las manos adecuadas, se puede transmutar. Déjeme que le cuente mientras llega el autobús, que tardará sus buenos quince minutos, que yo esto lo descubrí muy pronto, a los seis años. Pasaba una temporada en casa de mi tía Lola y una tarde, al levantarme de la siesta, me acerqué al salón y vi como mi tía se colocaba a Poqui —un antipático Bichón Maltés— sobre el regazo, le ponía sus delicadas manos a los costados y con un movimiento rápido y experto lo abría por la mitad y le daba vuelta convirtiéndolo en un cepillo de suaves cerdas con el que se atusó la falda con gesto distraído. ¡Figúrese!

Y aunque mi madre, cuando se lo conté, le quitó importancia achacándolo a una pesadilla; yo jamás pude mirar a mi tía de la misma manera; es más, desde entonces, me impuse la tarea de hallar el envés de las cosas, de eso oculto que a veces sale a la luz, gracias a las manos apropiadas.

Que ¿qué ocurrió con el perrito?, me pregunta. Bueno, mi familia se empeñó que en aquella casa jamás hubo perro; pero eso es otra historia, sólo le diré que al cepillo de blancas y suaves cerdas de mi tía, yo lo llamaba Poqui y que cuando nadie me veía, le silbaba y le tiraba una pelota de goma que jamás fue a buscar… Pero eso es otra historia, ya le digo, lo que quiero contarle, antes de que llegue su autobús, es lo otro, lo de la reversibilidad: Verá… desde el principio supuse que el estudio de lo inanimado y su metamorfosis me sería más fácil que el de los seres vivos, así que comencé a rodearme de los más dispares objetos; de tal manera que según aumentaba la colección, mi padre, mi madre y yo, nos vimos obligados, a vivir recluidos en un rincón de la casa. Papá murió pronto con el rictus amargo de quién no ha conseguido hacer de su hijo un hombre de provecho. En cambio mi madre… Mi madre vivió hasta hace poco y lo único que la escuché decir durante todos estos años, moviendo la cabeza con melancolía, fue: << ¡Hay hijo mío, qué excéntrico que eres!>>

 ¿Ve el carrito que he dejado junto a la marquesina? Pues lo llevo lleno de cosas que luego limpiaré en casa y situaré en la estantería correspondiente, según un metódico orden que he establecido y que no le describo, por no hacerme pesado.

Toda mi vida consagrada al coleccionismo, a la observación, al estudio… ¡Figúrese! Y no ha sido fácil, no le voy a mentir, he vivido siempre con estrecheces económicas ya que mi dedicación no me ha permitido ejercer un trabajo remunerado y la pensión de viudedad de mamá daba para poco. La familia que nunca me ha comprendido, ha terminado por relegarme y he renunciado a todo tipo de caprichos, con decirle que jamás he pisado una sala de cine. En fin, si le explico esto es para que entienda mi empeño.

No, no; yo jamás he podido darle la vuelta a nada, como hizo mi tía aquella vez. Mantengo la teoría, ¿sabe usted?, de que son las manos femeninas más proclives a invertir la naturaleza. Aunque le tengo que confesar, que los intentos de mi madre, que siempre colaboró conmigo, tampoco dieron resultado. Pero espere un momento, el fracaso es relativo, porque durante todo este tiempo he aprendido a distinguir la…, llamémosla…, otredad de las cosas. Pues, —y eso no se lo había explicado—, en cada objeto, en cada ser, es posible vislumbrar su otra esencia. En ocasiones, una determinada claridad, una temperatura, incluso un silencio, manifiestan lo que hay en el reverso. Igual que cuando el tipo aquel de anorak lo lleva desabrochado y el rojo de su interior ofende la mirada de una mujer que comenzaba a admirarlo por su elegancia.

Sin ir más lejos, permítame: ese reloj que lleva usted, estoy seguro que en otro momento fue un áspid, hermano del de Cleopatra. ¿Qué cómo lo sé? Fácil, observe las pequeñas manecillas vestigio de una lengua bífida y, ¡mire, mire!: el seis y el nueve revelan los antiguos ojos saltones; y además, ¿no nota cómo se enrosca palpitante en su muñeca?

No por favor, no se asuste… Sólo es una manera de mirar. Sólo quería demostrarle que cuanto nos rodea guarda otra esencia. Verá… cada mañana tomo café de una vieja cafetera italiana que también es ardilla y algunas veces encuentro un pelo rojo flotando en el líquido caliente. En el puerto contemplo bandadas de afiladas navajas que cortan el atardecer y me ensordecen con sus voces graznadoras. A diario me cruzo con mujeres que llevan dentro un cómodo diván con flores de cretona y con pequeños hombres, cuya oculta corpulencia de gigantes no les permiten cerrar las piernas cuando se sientan en los autobuses. Descubro manzanas que han sido o serán exclamaciones de asombro y mesas,  perros fieles y sillas, caballos desbocados.

No mujer, no tema que no estoy loco; lo que ocurre es que vengo observando que espera el autobús todas las tardes, que su figura se recorta contra esta claridad de invierno y he reconocido su interior de abrecartas, y me he dicho: ¿acaso no serán las manos de esta mujer las adecuadas para desvelar mi reversibilidad?

Deja un comentario