Mano a mano

         1348199862_177420_1348242136_noticia_fotogramaManos. La de Lucia la había perdido cuando se abrieron las puertas del vagón y otra tanda de viajeros embistió para entrar Nada grave, veía su cara entre hombros extraños, sonriéndole aún. Pero Sergio sintió en su propia mano que hacía unos momentos cogía la de la chica, una especie de viudez.

          Manos. Sergio buscó con la mirada su otra mano asida a la barra horizontal del vagón. La había puesto allí para resistir, para hacerse fuerte y ayudar a Lucia que no alcanzaba. Le costó localizarla entre tantas que como pájaros dormidos cabeza abajo pendían de la barra. Pensó: ¿Voy a sostener a Lucia con esta mano enclenque?,. Con la esperanza de que no fuera la suya, la ordenó estirar el dedo corazón que se alzó con gesto soez.

          Manos. Sin duda, la de su novia era la que entre otros puños se agarraba ahora, a la barra vertical, la reconoció por el anillo de pedida. Cuando en la estación de San Bernardo se abrieron las puertas, otra multitud amorfa empujó para entrar. Sergio fue arrancado de su sujeción e impulsado hacía delante, cerró los ojos en un acto reflejo e imaginó que el envite le llevaba al calor de la mano de Lucia. Pero no fue así, al abrirlos vio  que se había quedó cerca de las puertas opuestas a la entrada, y con la única perspectiva de una barra vertical, donde se agarraban muchas manos, la de ella también, del resto del cuerpo nada. Sintió la ira cuando observó la intimidad con que el puño de su novia compartía espacio con otro varonil, apuesto; aunque no lograba distinguirlo bien, hubiera jurado que había entre ambos, un roce de piel. Metió sus manos en los bolsillos, sin importarle hincar los codos en los que tenía su lado. Estaba tan furioso que las palmas le cosquilleaban como si los celos hubieran adquirido forma de burbuja, las cerró para contenerse. Fue entonces cuando notó la suavidad de la tela de lo que pensó era un pañuelo y empezó a tantear curioso y sorprendido el interior del bolsillo: unas monedas, una forma cilíndrica que al principio le pareció un mechero y que, comprendiendo, enseguida, que ese bolsillo no era el de su cazadora, identificó como un pintalabios. Intentó sacar la mano de allí pero un reajuste de los viajeros que se preparaban para salir en la próxima parada, le impidió hacerlo. Casi quedó de frente a una mujer que envuelta en un abrigo de cheviot le sonreía. Quizás por eso y porque se sentía dueño de una recién estrenada soltería ahora que el puño de su novia coqueteaba con un extraño, los dedos de Sergio acariciaron a la mujer a través del forro del abrigo

          Manos. La de la mujer que se introdujo junto la suya cuando las puertas del vagón se abrieron y como la estación tenía doble andén , fueron expulsados por la corriente de los que querían salir. Mientras Sergio y la mujer eran sacados casi en volandas, éste vio la carita de Lucia atrapada entre dos grandes espaldas de abrigos. Tenía el rostro encajado de tal manera que los mofletes se le habían echado para adelante y los labios le sobresalían como a un pez. En sus ojos leyó la sorpresa y también el reproche, “¿cómo la había soltado, dónde iba, quién era aquella mujer? Con una sonrisa Sergio quiso disculparse, sintiendo la tibieza de la mano de la desconocida en la suya, Cuando las puertas del vagón se cerraron llevándose a su novia, musitó: “adiós, carita de pez, cosas que pasan”.

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