La Yoli

Estábamos sentados en unas escaleras en un callejón del barrio viendo a la gente pasar mientras nos tomábamos unos monsters y unos donettes. Era la tercera vez que quedábamos los dos solos y hoy era mi día.

Yoli llevaba unos shorts de esos que son casi un tanga vaquero y una camiseta de tirantes rosa flúor con tan poca tela que casi se le veía la mitad del sujetador negro, uno de esos mágicos que te suben las tetas hasta la garganta, aunque no le hiciera mucha falta. Yo me había puesto mis deportivas nike rojas, mi gorra de los Yankees y una camisa de cuadros rojos que le había mangado a mi hermano. Miré mis nike y le quité una manchita negra que le había hecho a la derecha con la suela de la izquierda. Luego volví a mirarla a ella.

—¿Entonces no tienes novio?

—No, se podría decir que no.

¿Se podría decir? Ni siquiera giró la cabeza cuando me contestó, se quedó mirando al frente observándose un mechón que mantenía cogido con dos dedos. Supongo que estaba pensando en qué color podría teñirse el pelo esta vez, ahora mismo lo llevaba entre rojo y marrón, como vino fuerte, pero solía cambiarlo cada poco tiempo.

—¿Y buscas uno?

—No especialmente, ¿por?

Por hablar de algo, ¿no te jode? A veces no se si era idiota o se le daba demasiado bien hacérselo. Desde la bronca en el parque, aquella en la que dejamos de hablarnos media pandilla, habíamos quedado regularmente los cinco que la defendimos a ella. Yo hasta ese momento no había hablado mucho con ella, aunque ya me gustaba. Después de aquello tampoco había hablado mucho más, la verdad.

—No sé, porque yo tampoco estoy con nadie.

—¿Y?

Y nada, joder. Parecía que no me lo iba a poner nada fácil. Ya me habían avisado que a ella le gustaban los chicos más mayores, con coche y curro, para poder pagarle lo que le apeteciera tomar, o le pudieran regalar colonias y mierdas así. La verdad es que había noches en el parque en que la llamaban los chicos que estaban aparcados en la zona de arriba y desaparecía durante media hora o así. Al rato siempre volvía un poco despeinada, más habladora y con los ojos con las largas puestas.

—Pues no sé, lo mismo podríamos probar.

—¿Tú y yo?

Pues claro que tú y yo, hostia. No van a ser mis padres, joder. Volví a mirarme las zapatillas, brillantes cómo si las acabase de estrenar. ¿Pero qué coño quiere esta tía? Más claro no se lo puedo decir ya. Al final iban a tener razón estos y lo que le ponía era sólo la pasta y punto. Pues ahí lo tenía jodido, con lo que me daban mis padres no me llegaba ni para mí.

—Sí, ¿por qué no?

—Porque eres demasiado pequeño para mí.

Joder, pequeño dice, si tenemos la misma edad. Me quedé mirándola mientras ella se revisaba obsesivamente las uñas, mirándolas una a una muy de cerca buscando cualquier imperfección que le diese una excusa para volver a hacérselas.

—No lo soy.

—Pues demuéstramelo.

Se giró hacia mí y me miró por primera vez en toda la tarde. Su cara estaba entre expectante y burlona pero en lo único que pensé es que si hubiese tenido mis gafas de sol podría haberme llevado un buen plano de sus tetas. En ese momento pasó una pareja de viejos, cómo de unos treinta y algo discutiendo de en qué calle estaban. Llevaban un iPhone en la mano, pero parecía que no tenían ni puta idea de usarlo.

—¿Y qué quieres que haga?

—Mira a ese, si me traes su iPhone me puedes decir tú a mí lo que quieras que te haga.

Me fijé en el tío pasmado en la esquina girando sobre sí mismo mientras miraba la pantallita. Noté como un escalofrío en las piernas y un vistazo al escote de la Yoli me hizo saltar como un puto resorte. Me acerqué al tío andando como en un videoclip de hip-hop y me planté delante suyo.

—Dame el móvil, colega.

—No.

El pavo se me quedó mirando un momento como flipando, se dio la vuelta y comenzó a andar agarrando a su novia por el brazo. Me giré hacia la Yoli y ví cómo se reía y en ese momento perdí la cabeza. Dí una pequeña carrera y giré al tío agarrándole por el hombro.

—Te he dicho que me des el móvil.

Ví como el tío se quedaba blanco y levanté el puño derecho a la altura de mi hombro para que quedara claro que no iba en broma. De repente vi por el rabillo del ojo como la pava sacaba la mano del bolso y antes de poder cubrirme me golpeaba con algo en plena cara. En ese momento todo se volvió confuso, fué como un pedo instantáneo, lo único que podía hacer era cubrirme para que no me cayeran más golpes, aunque no noté ninguno más. Me apoyé en un coche y ví un chorro de sangre que me manchaba las putas nike. Abrí un poco las piernas para que no les siguiera cayendo y levanté la vista hacia la Yoli. En las escaleras sólo estaban las latas de monster y el paquete vacío de donettes y comencé a llorar como un niño.

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