La espera

Aprieto el volante con fuerza tratando de clavar los dedos. Llevo más de una hora y treinta y cinco minutos sentado en el coche. He procurado ponerme en un sitio donde las farolas no iluminen el interior ni llame la atención. Desde donde estoy no puedo ver la salida de la estación del metro, pero sí el camino que sube a esta parte del barrio. Aflojo un poco la presión sobre el volante y trato de relajarme. Me toco el bolsillo de la camisa, a la altura del corazón y dejo la mano un rato ahí. Me calma bastante. La frecuencia con la que aparece la gente es menor, ya casi pasan diez minutos entre grupos.

Nadie se fija en mí. Ni siquiera el par de chavales que están sentados en las escaleras de ese portal. Llevan ahí bastante rato, casi tanto como yo. No hacen nada más que charlar y fumar algún cigarrillo, salvo cuando aparece otro nuevo grupo del metro, que se quedan callados y se fijan en cada persona que pasa.

Miro la alfombrilla del asiento del copiloto de donde asoma el mango de mi cuchillo de cocina. Vuelvo a tocarme el bolsillo de la camisa. Aparece otro grupo de gente del metro, esta vez menos numeroso. A pesar de las nuevas farolas, blancas y brillantes, el camino sigue siendo tan oscuro como siempre. Comienzo a tamborilear con los dedos en el volante. Me fumaría un cigarro, pero me da miedo que llame la atención de alguien. Han pasado casi treinta minutos desde que miré por última vez el reloj. Ya sólo quedan por llegar dos trenes más a la parada. Este es el mejor, suele ser el que viene más vacío. Si no ha habido retrasos debería empezar a aparecer la gente en menos de cinco minutos.

Veo a los chavales del portal moverse, uno está de pie y parece que se despide del otro. El que se queda sentado enciende un cigarrillo. Parece que el metro ha llegado puntual y ahí está el siguiente grupo. Sólo veo a cuatro personas, aunque más atrás veo una chica que se ha parado a atarse la zapatilla en el bordillo. Parece bastante joven, sobre los veinte o así, rubia y menuda, con una sudadera que imita a las de las universidades americanas. Me recuerda en parte a mi hija, aunque alejo rápido ese pensamiento.

Miro hacia el portal y veo que el chico que se había quedado sentado ya no está ahí. Esta es mi oportunidad. Arranco el coche, enciendo las luces, para no resultar extraño y empiezo a atravesar el aparcamiento despacio. Llego al paso de cebra casi al mismo tiempo que la chica y hago como si estuviera encendiendo la radio para que no me vea la cara. Según pasa veo cómo mira hacia atrás nerviosa y acelera un poco el paso. Veo de reojo al chaval del portal que empieza también a cruzar el paso de cebra.

En ese momento acelero todo lo que puedo y le embisto. Freno en seco y veo como sale despedido un par de metros. La chica ha comenzado a correr, me tengo que dar prisa. Cojo el cuchillo de debajo de la alfombrilla del copiloto y me bajo del coche. Me acerco al chaval, que está en el suelo medio aturdido. Me toco de nuevo el bolsillo de la camisa, busco dentro y saco la foto. La miro, ahí está mi hija, cuando aún podía sonreir. Se la enseño al chaval y veo que la reconoce. Le hundo el cuchillo en la garganta.

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