Feliz cumpleaños

Al principio sólo fue la sensación de esa música pegada al cielo del paladar, cosquilleándote en la boca. También contribuyó al olvido, el que te dolía todo el cuerpo como si te hubieras acostado en el suelo y que te dijeses, quitándole importancia, que ibas para mayor y las noches apasionadas se pagaban con agujetas a la mañana siguiente. Entonces Felipe se dio la vuelta en la cama y aún dormido, te besó y musitó un pastoso “felicidades” que en ese momento terminó por arrancarte la melodía de la cabeza.

En el baño volvió. No hay nada peor que intentar buscar una canción, se empiezan recordando unas notas y cuando parece que se alcanza, se convierte en otra que sabemos que no es. No, esta no es. Igual que tener un pelo en la garganta.

Pero al fin y al cabo ¿qué más daba? Hoy era tu cumpleaños, debías encarar el día con optimismo.

Sobre la repisa encima del lavabo, Felipe ha puesto una cartulina con un gran “Felicidades” rodeado de muchos corazones y de muchas exclamaciones, sonríes por lo infantil y lo mono.También te ha dejado una cesta con jabones de colores en forma de notas musicales y en el centro una cajita en la que hay un colgante de plata con una flauta. Se ha acordado de que es tu instrumento favorito y que este año te has propuesto aprender a tocarla. “¡Que rico!”, te dices. Desenvuelves la clave de Sol y te lavas las manos con la meticulosidad de siempre, te gusta tanto sentir la fina espuma entre los dedos, verla sobre las uñas. Un suave olor a limón llena el cuarto de baño. ¿Cómo era aquella melodía?

En ocasiones como estas, es bueno estar rodeado de gente que se acuerda de ti. Mientras desayunas, la llamada de tu madre, los Wasaps de tu hermana y de tu amigo Tristán desde Dublín.  La noche la tienes comprometida con Felipe, que ha cambiado el turno para una cena romántica. Y aunque la mañana es ventosa como corresponde a esta época del año, el sol brilla jovial y parece que te invitara a salir. ¿Por qué entonces preocuparse si no se recuerda un sonsonete que se andaba cantando dormida? Es una bobada, mejor déjate abrazar por las compañeras del trabajo y hazte la sorprendida cuando en la cantina, a la hora del desayuno, se presentan con un gran ramo de flores y una tarta, todo sonrisas y besos en las mejillas y abrazos y que cumplas muchos más. Sigue el paripé con el “apio verde tu yu”, que se interpone entre esas notas que te escuecen ya en las encías y que en ese mismo instante parecía que se iban a ordenar para componer la canción que te obsesiona. Sin embargo, tú no puedes parar de dar gracias, gracias a todos sois unos cielos, ¿por qué os habéis molestado? Aunque en realidad, lo que deseas es quedarte a solas a ver si así hay manera de recapitular y hallar la música que te lleva royendo como una rata gorda y gris y no te deja disfrutar del día.

A la una consigues zafarte del trabajo y te encierras en el cuarto de baño. A oscuras, la luz se apaga transcurridos unos minutos, sentada en la tapa del inodoro, te esfuerzas por volver al instante en que te despertabas y estabas cantando: sabes que era algo agradable, un sonido que te reconfortaba. Haces memoria de las canciones que te gustan, tienes una larga lista, las entonas una por una: “Modern love” de Bowie, no. El “No estamos lokos”, tampoco. Tampoco el “Rainning men”. El….

─¿Estás bien? ─pregunta Elisa, tu compañera de despacho, llamando con golpecitos tímidos a la puerta.

─ ¿Eh? Sí no te preocupes. Ya salgo.

─Cómo tardabas tanto…

─La tarta que no me ha sentado muy bien. Creo que me voy a ir a casa ─. Le dices saliendo.

─Vaya, cuánto lo siento, y en tu cumpleaños…

─No pasa nada, ya sabes que a mí la nata no me sienta bien ─inventas, mientras te lavas las manos con el jaboncito en clave de Sol que guardaste en el bolso antes de salir de casa.

─ No, pues no sabía ─insiste Elisa que siempre ha sido un poco simple.

Le cuentas al Jefe de Sección que no te encuentras bien sin importante que él o los compañeros piensen que en realidad te estás tomando el día libre por tu aniversario. Sin importarte, abandonar el ramo de flores que se queda sobre tu mesa enhiesto y un poco resentido. Necesitas salir de ahí, estar sola.

No tomas el autobús que lleva a plaza Castilla, prefieres andar bajo el resplandeciente sol de invierno y dejarte empujar por el viento. Cruzas las calles solitarias del polígono en dirección a la boca del metro más cercana. Apenas te das cuenta por dónde vas enfrascada en averiguar cuál es esa canción que te vibra en la punta de la lengua. Te dices que estás loca por empeñarte en ello; sin embargo, rescatar esas notas se ha convertido en algo vital. De pronto, cerca del metro, escuchas unos acordes sueltos, lejanos. Crees reconocerlos y como un súbdito del flautista de Hamelin te diriges hacia ellos: bajas las escaleras del metro y el sonido se hace más nítido. Sí, es esa, esa es la música que cantabas dormida, reconoces el dulce sonido de la flauta que se alarga y se matiza con un quejido melancólico. Es un suave canto de celebración, te dices, como un regalo un poco triste pero a la vez acogedor que te va guiando por los pasillos del suburbano hasta llegar a un corredor donde, envuelta en lo que parecen mil jerséis, una mujer tañe una vieja flauta travesera. Te detienes frente a ella y la miras, ella alza los ojos y te mira también. Tiene la cara sucia, el pelo pastoso y desgreñado, los dedos que hábilmente pulsan los pistones, enfundados en unos mitones parduzcos. Te atraen sus uñas renegridas. La mujer no para de tocar, la cadencia es constante, repetitiva, con sutiles desviaciones que te hacen pensar en la monotonía de la vida, en su escasa variación. El sonido se extiende por el pasillo solitario, sientes cómo te traspasa, cómo se va adueñando de ti,  reconociéndote, acariciándote el pelo y las mejillas, hermanándote con la flautista. Entiendes, de repente, que también es el cumpleaños de ella, que la ha compuesto para su propio aniversario. Murmuras un “feliz cumpleaños”. Sabes que te ha escuchado porque asiente lentamente con la cabeza, sin dejar de tocar.

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La mujer sacó del bolso un jaboncito amarillo  con la forma de la clave de Sol y lo depositó en el cestillo para las limosnas. La viste alejarse con paso decidido, sin volver la cabeza, mientras tú seguías con la melodía con la que te habías despertado, a pesar de que tenías ya, la garganta seca y el cuerpo dolorido por haber dormido, una vez más, en el suelo. Era tu cumpleaños, amaneciste con el sueño absurdo de una cama caliente y un cuerpo caliente a tu lado. Luego lo de siempre, las mismas paredes del cajero donde pasabas las noches y esa música pegada a la boca que te acunaba y reconfortaba en un día como ese.

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