¿Es usted el asesino?

es ustedTip-tip-tap, es lo último que oyen las víctimas: dos pasos y un ruido más grave al golpear la contera del paraguas sobre el adoquinado. La niña también lo ha escuchado una noche, que de la mano de su abuela, regresaban a casa. Por suerte el asesino no las pudo atrapar, pero desde entonces sabe que las acecha.

Este lunes pasan el último capítulo de “¿Es usted el asesino?” y en el mercado de Maravillas, donde han ido a comprar, no se habla de otra cosa: el frutero afirma que el criminal es Larose, detective aficionado y protagonista de la historia.
↽Ese, con tal de hacerse el listo, capaz es de matar a diestro y siniestro. ¿No se ha fijado usted en los ojos de loco que tiene? ↽Le pregunta a la abuela.
↽¡Doce, qué pena, y alguno tan joven! ↽Se lamenta la mujer de la casquería, mientras va deslizando la hoja del cuchillo por el lateral de la pieza de hígado. Y antes de que se marchen, añade:
↽Es Luis Chani, seguro. Tiene unos ojos crueles.
Incluso, se sospecha en el mercado de un viejo maestro que ha pasado los ocho capítulos anteriores arrastrando una pierna tullida: “Los de ojos llorosos, los peores”.

“Ojos, ojos, ojos,” canturrea la niña de vuelta a casa. Los de Eduardo, el amigo de su tío Jesús, son castaños; nada que ver con los de Larose. Todo el mundo pendiente del último episodio del asesino del paraguas, y a ella lo que le preocupaba era no ver más a Eduardo.
El chico aparecía cada lunes, desde que había comenzado la serie, porque en casa de la abuela tenían televisor. Acudían además, otros dos amigos de su tío, el Toñi y Juanito que eran hermanos; pero esos a la niña no le importaban. Esos llegaban, le pellizcaban el moflete y le decían: “¿Qué tal chata?” y luego se pasaban el tiempo bromeando y hablando en voz muy alta. Eduardo no era así, él saludaba muy seriecito, se sentaba en un rincón del comedor y permanecía atento a la tele. Le gustaba por eso, también porque era el chico de los recados de la única óptica de Bravo Murillo, también porque llevaba gafas y también por sus ojos castaños, tan distintos de los del señor Larose quien a veces, mirándola fijamente en sus pesadillas, le preguntaba: “¿Es usted el asesino?”.
La niña no entendía por qué todos estaban tan interesados por esa historia. A ella le daba miedo, si la veía era por estar cerca de Eduardo; y lo único que le importaba, era si el señor Larose, tan viejo como la abuela, terminaba enamorándose de Louis, la florista; que según decía la abuela, bebía los vientos por el detective. Pensaba en los años que los separaban, luego cogía papel y lápiz: ponía arriba la edad de Eduardo, que era la de su tío, y debajo, la suya. Hacia las cuentas muchas veces porque no era muy buena con las restas, a veces le salía un nueve, a veces un diez. Pero, en todo caso, seguro que  eran menos años que los que separaban a Louise y a Larose. Así que, se decía, ella podía ser la novia de Eduardo.
Pero no, no; la serie, con esas calles siempre a oscuras y húmedas, con la gente que caminaba sola —y eso que la policía lo había advertido—, con los faroles de luz mortecina, le asustaba.
Aunque casi tenía seis años y medio, le costaba distinguir lo que realmente sucedía de lo que echaban por la televisión. Su tío Jesús se había reído de ella cuando le confesó que temía salir de noche por el asesino del paraguas:
↼No seas tonta, chata. Eso sólo pasa en la tele.
No la convenció, desde que su tío había comenzado a trabajar de aprendiz de relojero y se peinaba sin parar un tupé de cantante que se había dejado, le había perdido confianza.

La noche del lunes han decidió cenar más temprano, y, mientras la abuela friega. Jesús y la niña colocan las sillas delante del televisor, dos filas de tres. Ella insiste en ponerse una falda nueva, Jesús se peina hasta que, poco antes de las hora, llegan Juanito y el Toñi. Los hermanos entran como siempre, alegres y bulliciosos; y como siempre, la pellizcan la mejilla diciendo: “¿Qué hay chata?”. Casi no les presta atención, vigila la puerta por donde a las diez en punto aparece Eduardo. Toman asiento rápidamente: en primera fila se colocan la abuela, Eduardo y la niña; detrás, los tres muchachos que, excitados, se dan codazos y no paran de hablar. Comienza el programa, el último capítulo: los diálogos, la oscuridad, el brillo del puñal oculto en la contera del paraguas, la víctima, los gritos, el cuerpo tendido sobre el empedrado húmedo, la policía, Larose, la hiriente música de violines, no logran apartar a la niña de su principal inquietud . Con una decisión desconocida porque sabe que el final de la serie supone el final de las visitas de Eduardo, acerca su cuerpo al del chico, absorto en la pantalla, y le tironea del jersey:
↼Eduardo ↼le dice sorprendida de la voz tan ronca que le sale↼, el lunes que viene, ¿me vas a traer unas gafas?
Él la mira sin comprender, en los cristales de sus lentes se reflejan, invertidas, las imágenes del televisor. Luego, como si emergiera de un sueño, contesta ruborizado:
↼Claro, chata ↼y le pellizca la mejilla.
Cuando ambos se giran hacia el aparato, el programa ha acabado. Los muchachos de la fila de atrás no paran de comentar lo que han visto. La abuela les chista, les dice que se callen, que no son horas. Eduardo, unido al grupo vocinglero, pregunta ansioso:
↼Pero, ¿qué ha pasado?, ¿quién es el asesino?, ¿quién es?
Mientras los chicos hablan, la abuela mete prisa a la niña para irse a dormir.
Todavía, cuando está ya en la cama, le llega su conversación en el portal, se despiden; luego, su tío Jesús sube las escaleras de regreso a casa, el Toñi y Juanito van hacía Alvarado, Eduardo echa a andar sólo en dirección contraria. Ya está casi ganada por el sueño, cuando oye otros pasos que persiguen los del chico. Abre los ojos en la oscuridad del cuarto y presta la máxima atención y entonces, escucha con claridad: tip-tip-tap, tip-tip-tap.

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