El niño

—Recuerda que el niño está muerto.

La anciana mira a la mujer que le habla y asiente con la cabeza. La mujer lleva un delantal sobre un vestido con un estampado de flores del tamaño de una mano.

—Mamá, dime que lo entiendes. El niño está muerto. Recuérdalo.

La anciana vuelve a asentir. Lleva una blusa azul celeste y un collar de perlas. La mujer suspira y termina de ponerle unos zapatos, también de color celeste. La ayuda a levantarse y la acompaña hasta el salón. La sienta en el sofá y enciende el televisor. Deja a la anciana entretenida con un programa de cotilleos y se va a la cocina a revisar el asado. Está añadiéndole un poco de caldo cuando suena el timbre. Camina rápido hacia la entrada mientras se va quitando el delantal. Lo dobla y abre la puerta.

—Hola, hijo —dice con una sonrisa. Mira por encima del hombro del chico—. ¿Y Ana?
En la puerta hay un chico de unos treinta años y moreno como la mujer. Viste un traje gris oscuro debajo del abrigo.

—No ha querido venir, no se encontraba bien—contesta.

La mujer se encoge de hombros y le da dos besos antes de hacerle entrar en la casa. Le acompaña hasta el dormitorio principal para que deje el abrigo sobre la cama. Mientras, le cuenta que lleva toda la mañana en la cocina. Ha comprado crema de marisco y unos canapés y habrá asado de cordero para comer. En un momento dado mira al chico y le pregunta cómo está.

—Últimamente no duermo mucho. Pero estoy bien, de verdad.

—Bueno, poco a poco. La abuela está en el salón, ve a saludarla.

El chico asiente con la cabeza, camina hasta el salón y se acerca a la anciana. Le da un beso.

—¿Y el niño?¿No ha venido?

—No abuela, no ha podido venir —responde el chico—. ¿Qué tal estás?

—Pues no me puedo quejar, sigo viva, que no es poco. Aunque ya tengo ganas de morirme, estoy durando demasiado. ¿Está enfermito otra vez?

—¿Quién?

—¿Quién va a ser? ¡El niño!

—Sí, se encontraba mal.

—Pues qué pena.

El chico sale del salón y va a la cocina. Tiene el gesto serio. La mujer está apoyada en la encimera.

—¿Qué te pasa? —dice la mujer.

—Nada, la abuela, que ha preguntado por el niño.

—¿Otra vez? —La mujer se separa de la encimera y se dirige hacia el salón. El chico se interpone en su camino.

—Da igual, mamá. Ya sabes cómo es.

—Mira que se lo he advertido, pero nada. De verdad, que no sé qué hacer con ella. ¿Cómo lo está llevando Ana?

—Pues mal. Lleva estos tres meses casi sin comer.

—Vaya.

—No sé qué hacer.

—¿Y algún médico?

—Sí, está yendo a uno. Pero supongo que es cuestión de tiempo.

—Bueno, tendrá que poner algo de su parte también, ¿no?

—No empieces, mamá.

—Yo también perdí un hijo y, ¿sabes lo que hice? Tener otro. A ti.

—Ya lo sé, mamá, ya me lo has contado cien veces.

—Bueno, pues ya sabéis lo que podéis hacer.

—Y hago como tú y le llamo igual que el que murió.

Los dos se quedan callados mirándose. El chico abre la nevera, saca una botella de vino y llena un vaso que coge del escurridor.

—¿No puedes coger una copa?

—Con esto estoy bien.

Se acerca a la ventana y mira hacia la calle. Se gira y se acerca a la mujer que está regando el asado.

—¿Sabes algo de papá?

—No. Ni ganas.

—Yo hace casi dos meses que no sé nada de él.

—Estará por ahí con alguna amiga. Tenías que haber traído a Ana.

—¿A rastras? Ya vendrá cuando se encuentre mejor.

—Ese es tu problema, que la dejas hacer lo que quiere.

—¿Y qué hago?¿Le pego una hostia como hacía papá contigo?

—Pues mira, yo no me deprimía.

—Joder, mamá.

El chico se bebe el vino a tragos lentos y constantes. Vuelve a llenar el vaso y se enciende un cigarro.

—¿Y ahora fumas?

—¿Qué más te dará?

—No, si a mí… Tú sabrás.

El chico abre el grifo y apaga el cigarro. Lo tira al cubo de la basura.

—¿Contenta?

La mujer se encoge de hombros y desempaqueta una bandeja de canapés. Se la da al chico, que la lleva al salón y la deja sobre la mesa vestida con un mantel de algodón fino con iniciales bordadas. Cuenta siete platos. Vuelve a la cocina.

—¿Quién más va a venir?

—Pues tus tíos, ¿quién quieres que venga?

—Hay siete platos. Quitando el de Ana sobra uno.

La mujer se queda callada mirando el horno. Va al salón y vuelve con dos platos.

—Ya está. Arreglado.

El chico se vuelve a llenar el vaso de vino. La mujer coge la botella y la guarda en el frigorífico. El chico se va al salón y se sienta en el sofá, junto a la anciana.

—Ya me ha dicho tu madre que a lo mejor os animáis a darle un hermanito.

—¿A quién?

—Pues al niño, ¿a quién va a ser, si no?

El chico se queda en silencio y pega un trago. La abuela continúa hablando.

—La verdad es que mira que dan alegría los niños. ¿Dónde está? Hace rato que no le oigo.

—Está muerto abuela. Muerto. ¿Vale?

El chico apura el vaso de un trago y regresa a la cocina. Mira a la mujer, que llora delante del horno. Saca la botella de la nevera y llena el vaso de nuevo.

—¿Qué te pasa?

—El asado. Creo que se ha pasado.

La mujer ha sacado la bandeja del horno y mira el asado. El chico vacía su vaso sobre la carne.

—Ya está. Arreglado —dice mirando a la mujer.

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