El mal de los salgazos

6249_sp_sc1En mi cincuenta cumpleaños, Mari Ángeles me regaló un cuadro de petit point donde, enmarcada por un cielo de cenefas que simulaban gaviotas y un suelo de las mismas cenefas que imitaban olas, aparecía la palabra bordada en hilos verdes. Un trabajo concienzudo, al que ella había dedicado, horas y secreto.

Decir que ese regalo supuso el principio del fin, acaso sea exagerado. Pero desde luego, constituyó una de las razones por las que, unos meses después, Mari Ángeles y yo firmábamos el acuerdo de divorcio.

Cuando hicimos reparto de los bienes comunes, quise devolverle la manualidad; pero ella, con esa sonrisa comprensiva que sabe dedicar a los neuróticos, se negó a aceptármela alegando que regalos no, Pedro, por favor.

Así que, Santa Rita, Rita. Me quedé soltero y con aquel trabajo manual en el que mi palabra, que en realidad no era mi palabra, aparecía enmarcada entre cursilonas cenefas.

En mi pequeña vivienda de hombre solo que ha de ponerse al día de la intendencia doméstica, de la que hasta entonces se había ocupado mi exesposa, colgué, quizás por un afán masoquista o como aviso a navegantes, el cuadro de petit point con el término “SARGAZOS”.

Con probabilidad fue en una edición infantil del viaje submarino de Verne, donde hallé por primera vez esa palabra que desde entonces me ha acompañado. Sin embargo, no fue hasta muchos años después que busqué su definición concreta y descubrí entonces, que lo que yo creía “salgazos”, por una suave dislexia, que como una cojera de marino me ataca a veces, realmente eran “sargazos”. Hasta la revelación, navegué con ella sin preocuparme ni de su correcta grafía ni de su significado, intuyendo como a través de las burbujas que se forman alrededor de la escafandra del buzo, que aquel vocablo designaba a unas grandes algas de sabor salado, que crecían en el fondo del océano. Qué mejor decorado para mis andanzas submarinas, para todos esos momentos en que abandonando la aburrida superficie, me sumergía en ese bosque de enormes salgazos a los que apartaba, como el capitán Nemo, con un afilado machete.

Salgazos eran los que me retenían en el fondo, cuando a las siete y media mi madre me llamaba para ir al colegio y no me quedaba más remedio de ascender nadando a través de unas aguas con tacto de manta. Salgazos en los que escondí mi humillación, la tarde que una compañera de COU rechazó mis versos con un desdén que sólo la juventud permite. Salgazos los exámenes de la facultad que me cerraban el paso de continuo y mellaban la hoja de mi machete. Las mesas de oficina que no me dejan alcanzar mi propia mesa en el espacio diáfano en el que trabajo, también Salgazos y aquellas noches en blanco, atravesadas de cansancio y tedio, meciendo a mi primogénito que tan mal dormía; y los duelos, las riñas, las claudicaciones y algún que otro momento de felicidad; el paisaje de salgazos en que el que he flotado toda la vida.

Nunca quise sargazos, esa no era mi palabra, a esa le faltaba sal y olor a mar. Pero las cosas allá arriba eran así y las costas de los mapas eran bañadas por el Mar de los Sargazos y en los diccionarios iban  a la deriva definiciones de esas algas: ¿qué son?, ¿para qué se usan?, ¿cuánto miden? Allí arriba también, estaba Mari Ángeles que dedicó tres meses a bordarme los “SARGAZOS” con el primor de una esposa de tantos años y su afán hiperrealista que desdeñó mis “SALGAZOS”. Mari Ángeles siempre ocupada en plantarme los pies en la tierra: porque tú Pedro, bueno eres muy bueno, pero si yo no te centro…

Con aquel regalo entre las manos, le hubiera dicho a mi entonces esposa: ¿pero señora mía, no se da cuenta de que ha de dejar usted en paz a mis salgazos, incluso a los sargazos, qué ellos han de estar al albur de las corrientes y no caricaturizados por habilidosas manos de mujeres de mediana edad? Pero es la madre de mi ingeniero de caminos y de mi opositora a juez y ha sido siempre una buena compañera. No le dije nada aunque, a partir de entonces, comencé a ir por la casa con movimientos más lentos, como si nadara contra corriente y rehuía sus conversaciones, que casi no entendía porque sonaban metálicas como todas las conversaciones de superficie, esos desagradables ruidos que el agua no amortigua. Hasta que, tiempo después, Mari Ángeles me dice que no puede más, que no sabe qué me pasa pero que algún mal me aqueja y que ella no puede seguir así, y añade que por favor, deje de mirarla con esa cara de besugo.

Ahora, mientras buceo a mis anchas, en el pequeño acuario que es mi pisito de soltero, me pregunto en qué momento le confesé a mi exmujer la predilección por los salgazos, en qué momento confié tanto en ella, como para hacerla participe de mi mundo submarino. Cuánto la debí de amarla. No lo recuerdo, una pena. La humedad corroe la memoria.

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