Don Juan otra vez

Siempre igual, conocía a una mujer hermosa y el forúnculo se reproducía. La primera vez estaba en el instituto y una compañera le dijo:

 —Todos llevamos un animal dentro; Tú, Fernando, un cocodrilo, un gran depredador.

Absorto en los pechos de la chica, casi no le prestó atención, pero junto al deseo, le creció algo punzante y duro en el cuello.

En cuanto pudo, se miró en un espejo, palpó el  lobanillo junto a la carótida derecha y  le surgió la loca idea de que un diminuto embrión de cocodrilo se formaba allí dentro.

Siempre lo mismo; por eso le duraban tan poco las parejas y tenía la fama de Tenorio entre sus amigotes casados y envidiosos.

Sus relaciones duraban lo que el ciclo de maduración del absceso y se desarrollaban, también, a igual ritmo: le atraía una mujer y  aparecían las punzadas en el cuello. Al principio, mientras disfrutaba de la lentitud del cortejo, el quiste adquiría la dureza  y forma adecuadas  para que se desarrollaran las patitas, el hocico, los ojos amarillos del pequeño aligátor. Cuando acompañaba a las distintas mujeres hasta su casa y galante se despedía, notaba el bulle bulle de las células jóvenes progresando. El tumor, pasada una semana, era como un huevo de codorniz  y Fernando lo incubaba, aún en verano, bajo unos jerséis de cuello alto que sus enamoradas atribuían a una excéntrica elegancia.

Conciliar la seducción con la crianza del reptil era complicado.  Tras quince días, las embestidas de la ya poderosa cola contra las paredes del forúnculo,  dificultaban  muchísimo mantener un beso apasionado.

El cocodrilo sólo le daba descanso tras acostarse con la amante de turno. Le gustaba observarla, dormida e indefensa, a través de la membrana casi transparente del inflamado bubón. El acecho,  tranquilizaba al saurio.  Pero como la cópula invita a la desnudez, enseguida ellas descubrían el desproporcionado bulto; Todas le interrogaban, le aconsejaban, incluso le proponían una intervención quirúrgica. Entonces, el cocodrilo y Fernando empezaban a detestarlas un poquito.

Un mes después, disminuida la pasión y el forúnculo maduro, la pareja paseaba entrelazada. De pronto ella que oía unos  trinos provenientes del cuello de él,  observaba atónita como un líquido amarillo con olor a pantano manaba  de la induración,  antes de que el brillante cuerpo del cocodrilo saliera por entero, huía. Las mujeres de Fernando huían siempre, desaparecían con esa mueca de repugnancia que las afeaba tanto.

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