Devoraciones II

img-15-small580—¡Hoy está para comérsela!— Exclamó la mujer, mientras su marido le subía la cremallera del traje. Después se inclinó sobre la cuna canturreando:

—Te vas a quedar con Nati, mi amor. Nati que te cuida siempre, mi angelito. ¡Caramelito de fresa!

   Nati miró hacia la cuna donde la mujer se doblaba y de la que salían, mezclados, los gorjeos del bebé y los besos de la madre.

    Luego, la mujer se enderezó, se volvió hacia la chica  y le dijo sonriente:

   —Bueno, Nati, ya sabes dónde está todo, ¿verdad? No volveremos tarde y si hay algún problema, nos llamas.

   —No te preocupes. Divertíos— contestó la joven, viendo como el marido tiraba de la madre hacia la puerta de la calle.

   Era la sexta ocasión que se quedaba con la pequeña, una noche al mes los padres salían a cenar y la contrataban. Pagaban bien y la cría se pasaba las cuatro horas durmiendo.

   Seguía siempre la misma rutina: en cuanto la pareja se iba, echaba un vistazo al interior de la cuna, después  se sentaba en un rincón y esperaba hasta que la respiración de la nena se hacía regular —cosa de quince minutos— y entonces sacaba de la mochila los apuntes de Bioquímica y a la luz de una lámpara de velador repasaba fórmulas o hacía problemas. El tiempo transcurría sin sentir. Los ruidos en la entrada le avisaban del regreso, se incorporaba, miraba de nuevo  a la chiquita invariablemente dormida, y guardando los folios y el bolígrafo se preparaba para volver a casa. Fácil, treinta euros cómodos.

   Sin embargo, aquella noche se asomó a la cuna y se sorprendió. Un mes cambia mucho a un bebé. En realidad, cada vez que la veía  tenía la impresión de que la niña era otra niña.  Pero aquella noche, el cambio era espectacular: había crecido y engordado y, se dijo, había adquirido aspecto más humano, de muñecota sonrosada. La chiquilla la observaba con ojos atentos desde la horizontalidad de la cuna, y los mofletes tersos y colorados brillaban bajo la iluminación cenital.

   Nati recordó en ese momento que no había tomado nada desde el desayuno y raro en ella, tenía hambre. Pensó en coger alguna fruta: unas manzanas, por ejemplo; pero le hizo gracia que la nena no parara de patalear quitándose la ligera sábana que le cubría el torso y luego se distrajo deslizando el dedo índice sobre su prominente barriga, la niña respondió a la caricia con una gran sonrisa y un “ajo” desdentado que le estremeció todo el cuerpecillo.

   Sabía que no debía excitarla, apagó la luz del techo y dejó sólo la de la lámpara junto al rincón donde como de costumbre, fue a sentarse. Aguardó diez, quince minutos, la oía rebullir inquieta. Esperando que su respiración se hiciera lenta y pesada, sintió de nuevo en el estómago el latido de un deseo borroso, casi desconocido. Se obligó a esperar un poco más. Cuando le pareció que ya estaba dormida, sacó los apuntes y el bolígrafo. De repente, sobresaltada por ese mínimo sonido, la cría comenzó a protestar. Nati se quedó inmóvil con la esperanza de que volviera a conciliar el sueño, pero la chiquilla pasó del refunfuño al llanto agudo y no le quedó más remedio que levantarse.

    Sus ojos aparecían velados de lágrimas. La muchacha jamás la había tomado en brazos, a la madre no le gustaba y durante aquellos seis meses no había sido necesario. Sin embargo, al ver que no callaba, la levantó con mucha delicadeza.

   —Calla, calla— le susurró con la boca pegada al cabello húmedo de llanto. La pequeña, quizás a causa de la cadencia de las palabras, quizás por el vaivén con que la estaba meciendo, se fue tranquilizando. El contacto del cuerpecillo caliente contra su pecho, era agradable.

   Tenía muy poca experiencia con criaturas, había conseguido ese trabajo gracias a una amiga de su madre que conocía a los padres de la nena. En realidad, Nati no recordara haber tenido un bebé entre los brazos, a excepción de una prima y fue el tiempo preciso para sacarse una foto de familia. Y hasta esa noche no tuvo necesidad de demostrar ninguna experiencia; iba allí y la cuidaba, la custodiaba. Ahora en cambio… Una familiar sensación de impostura comenzó a desalentarla. Pero no podía dejarse arrastrar por ella. Tenía la responsabilidad de la niña. La apretó más contra sí, como si el contacto pudiera desvelarle qué le ocurría, cómo atenderla. Apoyó la nariz contra su mejilla y el aroma tibio y lácteo, le trajo a la mente los bollitos de leche que desayunaba en su infancia.  Su estómago protestó impaciente; eso también era nuevo: el hambre, la urgencia de saciarla. Con el bebé en brazos valoró acercarse  a la cocina, aunque enseguida desistió; no conocía bien el piso y a oscuras, temió tropezar con los muebles. Se resignó a volver con ella a su rincón junto a la lámpara. No parecía tener sueño, y sus dedos gorditos, igual que diminutas salchichas, jugueteaban un poco erráticos con un mechón de pelo que a Nati se le había escapado de la coleta. Luego los dedos, se pasearon por los labios de la muchacha quién, casi sin querer, sacó la lengua y notó en el ápice el sabor salado y sintió también, el tacto de una suavidad extrema. Como acercar los labios y la punta de la lengua a la piel de un flan.

   Tras un rato, parecía que a la pequeña se le cerraban los ojos. El brazo con que Nati la sostenía la cabeza se le había entumecido, aun así esperó hasta advertir el hondo suspiro con que se quedó dormida. Muy despacio, con movimientos de astronauta, se fue incorporando y la acostó.

   En la cocina no se conformó con una manzana del frutero, su apetito exigía más, mucho más: abrió el frigorífico y cogió unas lonchas de queso, un puñado de salchichas, mostaza, el tetrabrik de leche y luego, dejó todo sobre la encimera para buscar algo de pan. Halló de molde en un cesto y lo añadió al botín. La tendría que ver su madre ahora, su madre que no paraba de reprocharle que no comía, que jamás tenía apetito. Mientras se preparaba el bocadillo, se preguntó si ahora se convertiría también en una falsa inapetente, una bulímica, otra impostura que añadir a las de buena hija, buena estudiante, buena niñera. La rebanada superior de pan apenas podía contener todo lo que había puesto, la mostaza chorreaba por los lados con su amarillo desabrido. Llenó el vaso de leche hasta los bordes y en el último instante regresó al frigorífico y cogió el bote de kétchup, lo apretó encima del amasijo de alimentos. El color, ahora, le pareció más atractivo. Tenía la boca llena de saliva y las manos le temblaban por la ansiedad, iba a ser difícil comerse aquello, lo agarró firmemente anticipando el momento de que las distintas texturas y sabores llegaran a su boca.

   El llanto potente cortó el silencio y en la cabeza de Nati resonó apremiante. Abandonó sus provisiones y a oscuras y golpeándose con algún mueble que no distinguió en la oscuridad, llego frente a la cuna. La niña tenía la sábana enrollada al cuello y la cara tapada, manoteaba furiosa mientras trataba de liberarse de la trampa de tela. Con palabras incoherentes trató de calmarla a la vez que le quitaba la sábana y volvía a cogerla en brazos. La chica soltaba retahílas, sonsonetes absurdos que le dictaba un instinto recién descubierto o sus propios recuerdos de cuando ella fue también bebé. Fue en ese momento, mirándola el rostro congestionado por el esfuerzo y el llanto, que se dio cuenta de que no sabía cómo se llamaba. Seguro que la madre lo había pronunciado en alguna ocasión, pero ella no había estado atenta. Hubiera sido más fácil usando el nombre, —se daba cuenta ahora—, abrazar, refugiar contra su pecho a una niña conocida, en vez de a .esta esponjosa anónima que aun hipando, la miraba con ojos confiados. De píe, en la habitación en penumbras, la menuda figura de Nati se balanceaba adelante y atrás para sosegar a la niña, y asumió que aquella noche no le quedaba otra que mecerla hasta que los padres regresaran. Le creció una especie de orgullo: era responsable del bebé, de ella dependían  su bienestar, y su suerte. Sin dejar de hablarla se dirigió de nuevo a su rincón, escuchaba el latir del corazón del bebé al unísono del suyo. Comenzó a cantarle, primero sólo tarareando, luego las palabras atravesaron su memoria y formaron frases; escuchaba su voz en el silencio de la casa y se sentía bien, tranquila, casi adormecida con su propia nana, por una vez no tenía que fingir nada, solo cantar y que la niña estuviera tranquila a su lado.

   De nuevo el estómago le tironeó desquiciado, sacándola de esa mansa duermevela. La imagen del bocadillo preparado en la cocina se le puso delante de los ojos. Tenía hambre, tenía tanta hambre que le escocían las encías y le cosquilleaba la garganta Se quedó en silencio y miró las gordezuelas piernas de la niña, el tierno antebrazo atornillado a la mano, todo con ese olor que percibía a recién hecho, a carne tibia. Reconoció inquieta la tentación, acompañada de la saliva que inundaba su boca. No era algo incontrolable o como si oyese voces dándole órdenes, no estaba loca, pero si esa fugaz imagen, la posibilidad inadmisible, pero la posibilidad, se decía Nati, mientras  acercaba los labios al bracito de la niña.

 

 

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