Cuerpo líquido

Photo by tertia van rensburg
Photo by tertia van rensburg

Cuando empieza el ruido, la pared se hace líquida. La sombra se desliza por el suelo, en silencio, y se instala en mi cama. Cierro los ojos. Noto que la piel se me eriza. Las sábanas caen a plomo y me hunden hacia el agujero que hay en el centro del colchón. En algunas ocasiones he utilizado esa salida, por el agujero, absorbida hacia la nada, convertida en nada. Hoy, sin embargo, escaparé a través de la pared.

Han pasado unos veinte años, yo tendría seis o siete, y siempre ocurría de la misma manera. Por la noche, mientras estaba tumbada en el sofá viendo los dibujos en la televisión, papá volvía de la cocina con la botella en la mano. Entonces sabía que la sombra iba a venir. Bebía rápido, como si le faltara tiempo, vaciando su vaso una y otra vez. Me hacía tomar dos pastillas con un poco de leche, «para que mi princesita duerma bien». A veces no tenía sed, pero él insistía. Entonces veía la sombra moverse por el salón. Flotaba por las paredes pintadas de azul, llegaba hasta el suelo y subía por las piernas de papá. Yo no quería mirarle, prefería el recuerdo. El recuerdo de aquella boca que me llenaba el cuerpo de besos y me hacía cosquillas cuando jugábamos con mamá en la cama. El de aquellas manos fuertes que me alzaban para poder alcanzar las hojas de los árboles. El de su voz al leerme un cuento antes de dormir. Prefería el recuerdo. Al poco, mis ojos dejaban de ver, un sueño imposible se apoderaba de mí. La sombra lo contaminaba todo.

Me quedo inmóvil, tengo ganas de huir pero no hago un solo movimiento. Está a mi lado, espera un descuido para cubrirme. La pared líquida tiene un movimiento ondulante. Sé que podré atravesarla y escapar. Me reconforta la idea de que nunca más me encuentre. Me deslizo con lentitud hasta quedar sentada en la cama. Mis pies descalzos se apoyan en el suelo frío. Acerco la mano a la pared y siento la humedad. La luz de las farolas se filtra por la persiana que da a la calle.

Luego soñaba. Soñaba su voz grave con palabras sucias. Soñaba sus manos que me dolían y ya no me alzaban. Soñaba su boca que me llenaba el cuerpo de besos lacerantes. Lo soñaba en sombra, sin poder ver su rostro. Soñaba la humedad que sentía entre mis piernas.

Lleno el vaso de agua y saco las pastillas. Comienzo la cuenta. Una, dos, tres, cuatro…, así hasta veinte. Veinte es una buena cifra; veinte me permitirán escapar. Me quedo quieta y espero. Sigue ahí, a mi espalda, acechante. Toco la pared, empujo y mi mano la atraviesa. Sigo. Introduzco todo el cuerpo. No miro atrás.

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