Como un perro

Un coche se detiene bajo la autovía elevada, en la gravilla. Un hombre se apea con una linterna en la mano. La luz de la farola no consigue iluminar el punto más bajo del puente. El hombre dirige allí su linterna y un halo redondo destaca en la oscuridad un montón de bultos, mantas y ojos perdidos. Se acerca con determinación a uno de los bultos, que resulta ser un hombre. Le enfoca un momento la cara y se acuclilla, dejando la linterna en el suelo.

―Juan, gracias a dios que te he encontrado.
―Se confunde yo no …―el bulto contesta, pero el hombre le corta.
―Vamos, te vienes conmigo a casa.
―En serio que yo…
―No te puedo ver aquí como un perro ―el hombre le vuelve a cortar.

El hombre bulto duda por un segundo, mira al hombre y termina por levantarse.

―Me llamó tu hermana, me lo contó todo.
―¿Qué hermana?
―¿Cómo que qué hermana? Pues María, solo tienes una.
―Ah, claro María.

El hombre bulto sigue al otro hombre hasta el coche, mirando de vez en cuando a otros bultos que ve por el camino.

―Menudo coche, no te debe ir mal.
―Anda Juan, deja de decir tonterías, sabes de sobra cómo me va.
―Sí claro. ¿no tendrás un cigarro?
―Juan, sabes que nunca he fumado.
―Ya, claro, lo mismo habías empezado ahora.

El hombre abre el maletero y saca una tela que coloca en el asiento del copiloto. Luego le dice al hombre bulto que se siente. Le advierte que no toque nada, ni siquiera el cinturón de seguridad, y que entenderá que tendrán que hacer el camino con las ventanillas abiertas hasta su barrio.

―¿Y queda muy lejos?
―¿Se te ha olvidado dónde queda el barrio?
―No, claro que no.

El resto del camino lo hacen en silencio, circulan por una autovía radial de la ciudad que les lleva hasta una zona urbanizada de chalets unifamiliares, rodeados por altos setos que impiden la visión de las casas. El hombre bulto mira a todos los lados con los ojos muy abiertos.

―¿Ves? Ya casi estamos.
―Sí, claro, claro.

Un rato después casi no se ven casas. El hombre conduce por una pequeña carretera de un solo carril con la única luz de sus faros. Al final se detiene frente a una puerta metálica que se abre a la orden de un mando que el hombre lleva pegado bajo el volante. Avanzan despacio por un camino de cemento flanqueado por árboles que lleva hasta un garaje adosado a una pequeña mansión. El hombre se baja del coche y le dice al hombre bulto que le siga. Le lleva a un baño que hay en la planta baja y le entrega una bolsa grande y negra y un albornoz.

 

―Dúchate y mete toda tu ropa en la bolsa. Tómate tu tiempo, pero cuando acabes sigue este pasillo, te estaremos esperando.
―Ya, yo quería decir…
―Nada, ya hablaremos después.

El hombre se aleja por el pasillo, mientras el hombre bulto entra en el baño. Se queda mirando una bañera redonda, donde podrían entrar hasta cuatro personas.

―Al menos me llevaré un buen baño ―dice después de silbar.

Quince minutos después recorre el pasillo, envuelto en el albornoz blanco y se encuentra al hombre sentado en un sillón. Se ha cambiado de ropa y parece un montañero. Tiene una copa de vino en la mano y detrás de él hay dos hombres de pie, vestidos de negro, como con una especie de uniforme sin insignias.

―Veo que ya estás listo. ¿Quieres una copa de vino?

El hombre bulto asiente con la cabeza y se sienta en un sillón, mientras el hombre le acerca una copa. Comienza a beber con ansia y el hombre se la arranca de las manos.

―Espera un poco, quiero que veas algo.

El hombre camina hasta unas cortinas que abren los dos hombres vestidos de negro. Fuera sólo se ve oscuridad.

―Mi casa da a un pequeño bosque, tendrá como unos diez kilómetros de largo y unos tres de ancho. Al otro lado hay un cobertizo con un teléfono.

Hace un gesto a uno de los hombres y se enciende una luz fuera. Se ve a un grupo de hombres que miran al interior. Todos saludan sonriendo.

―Estos son mis amigos. Nos gusta jugar a un pequeño juego, algo inocente ―el hombre sonríe―. Tienes cinco minutos de ventaja, luego nos pondremos en marcha. Si consigues llegar al teléfono podrás llamar a la policía.

―No entiendo…
―No hay nada que entender. Y te recomendaría que te quitaras el albornoz, se te puede enganchar en las ramas. Además así es más auténtico ―el hombre abre la puerta que da al jardín y sonríe―. ¿Hubieras preferido morir bajo el puente como un perro?

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