Club Constanza

prison-553836_1280Avisaron al superior de que tenían un problema, Fabián se les estaba yendo. El teniente apareció a los cinco minutos con cara de sueño, puso un par de dedos en la yugular del detenido y ordenó que llamaran de inmediato al resucitador.

—Pero ¿qué coño os han enseñado en la academia, no vais controlando las pulsaciones?

El soldado número ocho, con la picana aún en la mano, respondió que sí las medía, pero que Fabián era demasiado duro, no había forma de mellarle.

El médico apareció con su maletín, le auscultó y miró al teniente.

—Saldrá, pero está muy débil. Este hombre necesita unas cuantas horas de descanso, con lo que le voy a administrar no es suficiente.

—Número ocho, encárgate de su mujer —dijo el teniente—, la tenemos en el área cuatro. Quiero que cuando este cabrón despierte lo tenga claro, ¿entiendes a qué me refiero? Que sea visible, trabájale bien los dientes a esa puta.

—Pero con cuidado —añadió el resucitador—, no nos interesa que pierda al niño.

Los recibió en la consulta. Horacio Bielinski había acudido a la clínica con su mujer y su nieta, que le agarraba la mano y no se separaba de él. El doctor miró a toda la familia y les explicó la situación. El trasplante de corazón iba a ser difícil en su caso, pero no intervenir era todavía más arriesgado. La mujer se puso a llorar y el médico le alcanzó unos pañuelos de papel. Bielinski conocía las dificultades y preguntó por los problemas posoperatorios. El doctor contestó que lo fundamental era controlar el rechazo y, en ese sentido, los fármacos eran mucho más efectivos que antes. La calidad de vida solía ser buena. Tras el dictamen les pidió quedarse a solas con su paciente. La mujer abrazó a su esposo, le susurró que todo iría bien, y abandonó la consulta con su nieta.

—¿Ha pedido que se fueran porque las noticias son peores de lo que nos ha contado? Puede usted andarse sin tapujos, ya sabe que también soy médico y prefiero tener toda la información.

—No, señor Bielinski, no es por eso.

El doctor notó que sus manos temblaban y las metió en los bolsillos de su bata.

—No es por eso. Quería preguntarle si se acuerda de mí. Yo sí me acuerdo de usted, resucitador.

Bielinski le miró sin parpadear. Se atusó el cabello.

—Lo siento, doctor Privitera, no sé de qué me habla.

—Sí que lo sabe. Club Constanza. Mi mujer murió, yo logré escapar.

—Le digo que no sé de qué me habla.

—No me venga con cuentos. Soy Fabián Privitera, haga memoria.

Bielinski se cruzó de brazos y se apoyó en el respaldo de la silla. A continuación clavó sus ojos en los del doctor.

—Hace ya muchos años de todo aquello. Pasaron demasiados acusados por las dependencias de aquel lugar.

—No lo dudo, se oían los gritos de mucha gente. A mi mujer la hicieron desaparecer, Bielinski. No llegué a conocer a mi hijo.

—Recibíamos órdenes. A veces ocurría que los detenidos no aguantaban el tratamiento. Había que conseguir información.

—Recibían órdenes…

—Yo era médico militar, un funcionario…

—¿Médico?, ¿¡médico!? Usted se encargaba de que la agonía fuese más larga. Esas órdenes no le resultarían fáciles de cumplir a todo el mundo, ¿no cree?

—Yo era médico pero, ante todo, militar. No valoramos las órdenes, las acatamos, simplemente.

—Pero usted sabía lo que pasaba allí y, aún así, se prestó a ello.

—Éramos muchos, no solo yo. Militares de alto rango. El Estado. Mi orden era tratar de que los detenidos sobrevivieran el mayor tiempo posible.

—¡Miente!, usted también sedaba a los que se llevaban en aviones. A mi mujer la trasladaron después de que diera a luz. Jamás la volví a ver. Ni a ella ni al niño. Usted sabía lo que ocurría. Es usted un asesino.

Horacio Bielinski se puso en pie y caminó hacia la puerta. Fabián le cortó el paso.

—¡Asesino, hijo de puta!

Bielinski le cogió del cuello y le dio un puñetazo en el estómago. Fabián cayó al suelo sin respiración.

—Hazte un favor, Fabián, y olvida lo que ocurrió. Es mejor que las heridas del pasado sigan cerradas.

Fabián intentaba recobrar el aliento. Vio como Bielinski se ponía el abrigo.

—Además, has perdido tu oportunidad, podrías haber acabado conmigo en el quirófano, pero no lo has hecho.

—Con eso no pagarías por lo que hiciste.

—Ah, ¿no?

—No. Esa es la diferencia entre nosotros, yo creo en la justicia, por eso estábamos en bandos opuestos.

Bielinski le miró con desprecio.

—Debimos acabar con bastantes más de vosotros en el Constanza, es una pena que no nos diera más tiempo.

Fabián escuchó los pasos de Bielinski alejándose por la escalera. Se levantó del suelo tambaleante. Recordó a sus compañeros, muchos de los cuales nunca volvió a ver. Recordó a su mujer. Deseaba salir tras él y molerlo a golpes. Se sentó en la silla. Su corazón le retumbaba en las sienes.

«Yo creo en la justicia», dijo con voz queda mientras cogía el teléfono. «Yo creo en la justicia».

—¿Policía? He localizado a un antiguo miembro del equipo médico del Club Constanza. Quiero poner una denuncia.

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