Loli Martínez

Mis padres debieron elegir uno más modesto, adecuado también a cualquier vida menguante. Fueron, sin embargo,  presuntuosos y aquí me veo metiendo los rayos de mi escoba entre los pies de los viajeros o creando falsas esperanzas en algún jovencito soñador que me busca entre el gentío del andén, cuando una compañera me llama a voces.

Limpio en el metro y mi nombre me queda tan holgado como el uniforme de la contrata.

Aunque hay veces que con ira creciente me pongo a barrer al pie de la única escalera de salida,  justo al descargar el tren su desabrido pasaje de las ocho. Satélite en mitad de una tormenta de meteoritos, la multitud me embiste, me esquiva,  cabriolea  para sortearme;  algunos me gruñen, otros me insultan, incluso un anónimo aprovecha para tocarme el culo. Y siempre, siempre, alguien se queja en las taquillas.

Cada  semana, el encargado me amonesta con paciencia filosófica:

—¡Luna, Luna!

Pero ayer el encargado era nuevo, alto y serio.  Miró el registro y preguntó:

— ¿Luna Martínez?

Y quizás  para restablecer el orden del universo, mentí:

—No.  Loli, Loli Martínez.

—Pues hay  error en el listado.

—La vida  que está llena de errores

 

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