Cruce de caminos

Madruga para limpiar, todo queda un poco maltrecho tras las visitas del día anterior. El rocío le devuelve frescura a la hierba y ella coloca las ramas de los sauces que circundan el lugar, para que  filtren la luz  como velos y el escenario adquiera un delicado efecto brumoso. Satisfecha, se cepilla el cabello, alisa los pliegues del vestido, se pellizca las mejillas y la punta de la nariz y sube al lecho vegetal que, sostenido por dos improvisadas parihuelas, ha construido en el centro del claro,  junto al cruce de caminos de los cuatro reinos. Por ahí, sin duda,  ha de pasar un príncipe azul;  se tiende y espera.

Los días de mercado recibe más visitas; los festivos, son menos los que reparan en su figura dormida en ese claro del bosque; La mayoría de los que, curiosos, se acercan, son campesinos, unos pocos comerciantes con sus recuas y  también algún noble de aliento agrio. Ella, a través de los párpados  entornados, los ve aproximarse con el fervor que  impone la escena bucólica que ha creado; pero hasta ahora, ninguno ha merecido despertarla. Es ambiciosa. Eso sí, acaba cada jornada con los labios entumecidos; todos, sea cual sea su condición, intentan deshacer el hechizo.

Hoy tampoco ha habido suerte. El sol se está poniendo. Anhela bajar del lecho y estirar las piernas, cuando oye un caballo que se detiene en el cruce.  Maldice que el claro y ella misma,  a esas horas,  estén un poco ajados; pero se recompone veloz. Aparece él, lo reconoce al instante porque viene precedido de un palaciego aroma de  azucenas; es alto, es delgado, viste de negro y su blanco rostro se inclina para besarla. Ella ofrenda sus labios como quien da la vida y, sorprendida, nota el aliento del príncipe junto a la yugular.

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