Pacto

Está nevando. Mariko se toma las pastillas, sube a la azotea y se desnuda. La última conversación que tuvo con su psiquiatra fue fatigosa: «Usted no comprende que tengo cuarenta años y llevo muerta desde los veintitrés. Solo trato de acelerar el proceso», le dijo. Se acerca a la piscina y desengancha parte de la cubierta. Ya comienza a notar cómo le pesan los párpados.

Celebró sus veintitrés con el grupo de amigos de la facultad. Eran seis compañeros, salía con uno de ellos, Kenshi, y se hacían llamar El Núcleo. No se relacionaban con nadie más de la universidad. Siempre estaban juntos.

El día que lo decidieron no hubo desacuerdo, todos lo vieron como algo natural. Se juntaron en casa de uno de ellos y estuvieron esperando mucho tiempo hasta convencerse de que Mariko no acudiría a la cita. Kenshi había robado pentobarbital en el hospital donde trabajaba su padre. Los encontraron al día siguiente, tumbados en los futones, como si estuviesen plácidamente dormidos.

Las autoridades estaban desbordadas. Una oleada de suicidios colectivos se desató tras la noticia. Los chicos lo decidían en poco tiempo y sus padres se enteraban cuando ya era demasiado tarde, parecía una pesadilla. Acosaron a Mariko durante meses, tratando de convertirla en un ejemplo de cordura. Ella no quiso hablar nunca con nadie.

Acelerar el proceso, desandar el camino equivocado. Ha de hacerlo antes de dormirse. Rompe la capa de hielo de la piscina con el mango del cepillo limpiafondos. Se levanta y toca el agua helada con el pie. Un cosquilleo le recorre los hombros, erizándole el pelo de la nuca. Da un salto, se sumerge en el abrazo y se deja ir.

Deja un comentario