Lluvia (III)

Photo by Mathieu Nicolet
Photo by Mathieu Nicolet

Aurora no para de gritar. Me asomo a la cristalera del patio, miro la lluvia y siento ganas de que me moje la cara. De niño me encantaba que las gotas se deslizaran por mi rostro desde el pelo; luego mi madre me echaba la bronca: «No gano para disgustos contigo. Pero ¿no ves que puedes coger una pulmonía?». El recuerdo de mi madre me calma, se despidió de la vida sin hacer ruido.

En los últimos meses he tenido que contratar a tres enfermeras, ninguna aguanta más de dos semanas seguidas. La neuróloga dice que es una fase, que pasará, pero no es ella quien tiene que ver cómo se convierte en un vegetal la mujer que me ha acompañado durante más de treinta años. Cada vez tiene menos momentos de lucidez y cuando los hay es aún peor. Me reconoce de repente, pronuncia mi nombre y empieza a sollozar. Esta puñetera enfermedad destruye los lazos que te unen a la vida.

Preparo el baño. Los gritos no cesan. Saco a Aurora de la cama y la siento en su silla de ruedas. Cuando ve el agua, grita más fuerte; ha olvidado lo que le gustaba bañarse, se tiraba horas.

Lavo su pelo con cuidado y le pido perdón en voz alta, ella me mira con sus ojos vacíos. Suelto sus manos de las barras de seguridad, se las sujeto y le empujo la cabeza hacia dentro de la bañera. Al momento comienzan las convulsiones, después de un rato todo es quietud. Salgo del baño y voy al patio. Dejo que la lluvia me empape.

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