Devoraciones I

                                                                   

                                                       Me pidió que la llevase.

nina_tazaDicen que vieron un náufrago en la más chica. Ya sabe, señor capitán, hace tiempo que desapareció mi hijo y a él le gustaban tanto las islas…

Partimos sin amanecer. Desde el puente, atento a la carta náutica y a la mar que por esos rumbos suele tener corrientes, vi que la mujer, a pesar de mis recomendaciones de que se colocase a sotavento, no dejaba de otear el horizonte, parecía  el mascaron de proa del viejo remolcador. En su espalda, la ansiedad y también, la esperanza.

Hacia las diez avistamos el montículo pequeño y dorado. El viento había arrancado el pañuelo con que la mujer se cubría la cabeza y los cabellos canosos le aleteaban feroces.

La acompañé a tierra en la chalupa. Luego ella se fue acercando al náufrago, mientras yo permanecía un poco apartado como en el entierro del familiar de un amigo o  cerca del largo beso de dos enamorados. Por el camino, la mujer se deshizo de los zapatos y sujetándose el vestido que la brisa inflaba, se paró frente al hombre sentado. La larga barba le llegaba al pecho y la melena, pobre y sucia, a mitad de la espalda. Se notaba que ella hubiera querido agacharse de inmediato y quizás, abrazarlo; Sin embargo, en vez de eso, oí que le preguntaba con cierta timidez, tocándole el escuálido hombro:

Perdone, señor náufrago ¿no habrá visto por aquí un muchacho? Tiene la cara pecosa y bizquea un poco.

 El náufrago bizqueó sorprendido y después con la voz ronca del que lleva  pegado sal y moluscos en las cuerdas vocales, con una voz de hombre solo, contestó:

  —Me lo comí, señora madre; en estas islas se pasa tanta hambre…

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