Correspondencia

Después de veinte años comprobando casi a diario mi buzón —intentaba no salir de vacaciones más de tres días laborables—, nunca recibí nada que me interesara. Una mañana, al salir de casa camino del trabajo, salté, no sin esfuerzo, a través de la ranura y decidí quedarme allí hasta que llegara algo interesante. Y aquí sigo, rodeado de propaganda electoral, promesas de ser millonario y folletos de un Döner Kebab. Aún no he recibido ni una carta, ni siquiera una postal, con mi nombre escrito a mano, pero al menos el cartero me llama por mi nombre.

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