Compartimentos estancos

Volkan Olmez
Foto de Volkan Olmez

Cristina introduce un dedo dentro de ti y arqueas la espalda. Tus músculos se tensan cuando ella imprime un movimiento rítmico. Le agarras de la cabeza. Aprietas un poco más tu sexo contra su boca. Separas las piernas y las extiendes sobre la cama. Estás más cerca.

La vida deja de hacerte daño si tienes sexo. Cristina se une a ti y eres más fuerte y adquieres sentido. Todo fluye a tu alrededor sin ningún desgaste. Un hilo irrompible os conecta a ambas y te hace inmune.

La coges de los hombros y la atraes hasta juntar su boca con la tuya. Te gusta percibir tu olor y el sabor ácido en sus labios húmedos. Ella vuelve a penetrarte con sus dedos, ahora más profundo y con la palma hacia abajo, mientras pone toda la boca sobre tu vulva. Un latigazo te recorre desde la nuca, lento. Crece más, y más, y te hace desaparecer. Relajas las manos.

—Has gritado.

—Me ha gustado mucho, Cristina, me encanta cómo me comes el coño.

—Lo sé.

—Hoy podemos quedarnos en la cama hasta más tarde, recojo a mi hijo a las cinco.

—Bueno, no sé…, habrá que comer algo, ¿no?

—Hay tiempo, ¿no te apetece estar aquí tirada conmigo? No pareces muy contenta.

—No es eso, Laura, es que… ¿por qué no hacemos algo los tres juntos esta tarde?

—Uf, ya te he contado lo que son las tardes con el chiquillo, todo a la carrera; tenemos que hacer los deberes, la cena y luego tiene que bañarse. Entre semana es complicado.

—¿Entre semana solo? Los fines de semana que estás con él también lo son.

—Ya, es difícil.

—¿Qué es difícil, Laura?

La miras sin contestar, sabes que va a volver a ocurrir. El hilo que os une se tensa. Ella insiste de nuevo.

—¿Qué es difícil, quedar o estar los tres juntos?

—¿Otra vez con lo mismo, Cristina?

—Es que no lo entiendo muy bien, salimos desde hace un año y medio y tu hijo casi no me conoce. La posibilidad de vivir en la misma casa ni te lo planteas.

—Pero si ya te lo he dicho otras veces, mi hijo no tiene nada que ver, no hay ningún problema en que nos veamos los tres.

Sientes que aumenta la distancia. Besas su vientre. Sabes que llegará un momento en el que no podrás pararlo, como ocurrió con Alberto. También entonces eras inmune y todo tenía sentido.

—Cristina, te quiero. Sabes que te quiero.

—No hablamos de eso.

—Pero es lo importante.

—Lo es, pero no hablamos de eso.

—No sé, mi vida…, me da miedo.

—¿Miedo?

—Es difícil de explicar.

—Inténtalo.

—Quise mucho a Alberto, tanto como para tener un hijo con él.

—Ya, eso me lo has contado.

—Y, sin saber cómo, aquello se rompió.

—Y piensas que nos puede ocurrir a nosotras.

—Algo así.

—¿Algo así?

—Más bien… Más bien, lo que creo es que siempre ocurre.

Te mira. Está sucediendo. En ese preciso instante el hilo comienza a crujir. Con tu marido todo se ajustaba en su lugar, los amigos, tu hijo, la familia, pero, como el juguete favorito que un niño termina por olvidar con el tiempo, aquello se convirtió en pasado. Ocurrió despacio, sin ruido. Cuando percibiste la realidad, ya no podías hacer nada. Tu vida se había parado en seco.

—No lo entiendo, Laura.

—Ya, ahora estamos bien, pero las cosas pueden torcerse.

—Pueden torcerse o pueden mejorar. Nunca se sabe.

—Lo nuestro es precioso, ¿por qué no dejarlo como está?

—No, no me basta. Lo siento, Laura, necesito más, quiero más de ti.

Tu estómago se encoge, no hay nadie al final del hilo. Sientes la deriva. No puedes frenarlo. Eres incapaz de decirle que no quieres volver a vivir con nadie nunca más ni a soportar otra ruptura. Sabes que la vida se gasta y que el tiempo de ahora es tiempo muerto. La vida siempre se gasta.

—Laura, yo te quiero, pero me gustaría que lo nuestro avanzara. Me decepciona que tú no lo desees.

—Mi amor, sí que avanza. Somos una pareja. Quiero estar contigo.

—Quieres estar conmigo, pero sin que salga del compartimento que me impones. No creo en el amor sin riesgos. No te creo a ti, no se puede amar con una coraza puesta.

—Espera, Cristina, quédate en la cama conmigo.

—No. Me voy a duchar. Quiero que cuando salga te hayas ido de mi casa.

Te vistes despacio, aún conservas el sabor de su boca. Te sientas en la cama temblando. Lo vuelves a pensar pero la idea no cambia: «Ocurre, siempre ocurre, la vida siempre se gasta». En ese mismo momento lo decides. Entrar, salir, solo sexo. Sacas del bolso las llaves de su casa y, después de apretarlas en tu palma, las dejas encima de la mesilla. Tienes ganas de entrar en el baño y besar a Cristina, pero te controlas. Arreglarás la coraza. Sin ataduras, sin parejas. No vas a dejar espacio al desgaste.

Cierras la puerta a tu espalda. El miedo se diluye, aunque sientes el nudo de tu estómago. Obligas a tus pies a que caminen. Te marchas sin hacer ruido.

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