Cary Grant

Guardaba la entrada en mi orla de la universidad, la saqué del marco y la metí en el bolsillo de mi gabardina. Decidí lo que iba a hacer a las pocas horas de enterarme de la muerte de Ana, ¿por qué la vida da la espalda a quienes la dignifican? Mientras subo las escaleras del tanatorio, voy pensando cómo se lo voy a pedir a la familia. Sala siete. Mis manos empiezan a sudar. Doy el pésame y aprovecho para acercarme a su hermana. «¿¡Quieres devolverle una entrada!?». «De cine», respondo, y me mira con esa condescendencia que se suele tener hacia la rareza de los artistas. «De cine… —me repite despacio con los ojos muy abiertos—, pues no sé, la puerta está cerrada, tendrás que hablar con algún encargado de aquí».

Nos conocimos en Bellas Artes y hasta que expusimos juntos por última vez, hacía ya cinco años, nos veíamos muy a menudo; después nuestros caminos se separaron poco a poco. En aquella ocasión me citó en el Museo del Prado. La encontré contemplando los estudios de manos de Tiepolo, y a mi «Hola, Ana, ¿cómo estás?», ella contestó, como si hubiésemos abandonado la conversación momentos antes, «Grant, ¿has visto qué suavidad de línea?». Desde allí fuimos andando a su casa y me mostró sus últimos cuadros. Yo ya conocía su obra, tenía mucho talento, pero lo que vi allí era otra cosa, lo que vi allí me sobrecogió. Sus pinturas tenían ahora una pulsión propia, abrían camino hacia nuevos espacios. La miré, tratando de adivinar cómo había conseguido dar ese salto, y fue entonces cuando me lo soltó de repente: «Me quedo sin tiempo, Grant, me han diagnosticado esclerosis». Tuve que sentarme. La cogí de las manos y no supe qué decir. Me contó los primeros síntomas, la sensación de rigidez en su boca. Hablamos y hablamos hasta muy tarde. Intenté animarla, le dije que se había investigado mucho en esa enfermedad. En algún momento ella me preguntó si todavía pintaba y le contesté que mi trabajo de profesor en el instituto no me dejaba demasiado tiempo. «Siempre hay tiempo para la pasión», me respondió. Con el fin de sacarle una sonrisa, le recordé nuestra facción de terrorismo artístico de la época de estudiantes. Íbamos a crear una máquina de tortura, para extraer y almacenar el tiempo de la gente con talento que lo desperdiciaba sin hacer nada. Nos acordamos también de cuando me bautizó con mi nombre de guerra, Grant, después de ver Arsénico por compasión en la filmoteca. La entrada iba a ser mi salvoconducto por si alguna vez abandonaba la lucha, en cuyo caso debía entregarla o atenerme a las consecuencias.

La volví a ver siete meses después, la enfermedad iba muy rápida. Se mantuvo en silencio durante casi toda mi visita, absorbida por completo en su tarea de pintar e indiferente a mi presencia. Sus ideas, plasmadas en el lienzo, eran aún más profundas. A pesar de los dolores, y la rigidez de la parte izquierda de su cuerpo, los gestos eran equilibrados todavía, casi coreográficos, como si su psique se transmitiera a la tela a través de sus manos. A veces eran movimientos ágiles, en otras ocasiones más amplios y lentos, pero lo sorprendente era la fluidez con que se producían, era como ver a una bailarina de ballet cuando ejecuta una compleja danza. No sé cuánto tiempo estuve observándola. Al despedirme me miró como si yo formara parte de una realidad paralela. Me besó sin decir palabra y volvió a entretejer sus pinceladas, como si eso fuera lo único que existiera. Justo antes de salir, me dijo bajito: «Grant, la próxima vez que quedemos, tráete la máquina».

El encargado del tanatorio me abre de mala gana. Me recuerda que lo que pido es irregular y que no se me ocurra tocar el cadáver. Se queda en la puerta. El olor es extraño, una mezcla de flores, cera, aromas de maquillaje y algo más que no me resulta definible. La miro. En pie, junto al ataúd, miro sus ojos cerrados. Saco la entrada del bolsillo y la pongo bajo la palma de su mano. El roce frío me corta el aliento.

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