Mano a mano

Manos. La de Lucia la había perdido cuando se abrieron las puertas del vagón y otra tanda de viajeros embistió para entrar Nada grave, veía su cara entre hombros extraños, sonriéndole aún. Pero Sergio sintió en su propia mano que hacía unos momentos cogía la de la chica, una especie de viudez.
          Manos. Sergio buscó con la mirada su otra mano asida a la barra horizontal del vagón. La había puesto allí para resistir, para hacerse fuerte y ayudar a Lucia que no alcanzaba. Le costó localizarla entre tantas que como pájaros dormidos cabeza abajo pendían de la barra. Pensó: ¿Voy a sostener a Lucia con esta mano enclenque?,. […]

Loli Martínez

Mis padres debieron elegir uno más modesto, adecuado también a cualquier vida menguante. Fueron, sin embargo,  presuntuosos y aquí me veo metiendo los rayos de mi escoba entre los pies de los viajeros o creando falsas esperanzas en algún jovencito soñador que me busca entre el gentío del andén, cuando una compañera me llama a voces.
Limpio en el metro y mi nombre me queda tan holgado como el uniforme de la contrata.
Aunque hay veces que con ira creciente me pongo a barrer al pie de la única escalera de salida,  justo al descargar el tren su desabrido pasaje de las ocho. […]

Gallina enamorada

Nada más verme en Manuel Becerra, se metió en el vagón con un salto de pajarillo. De píe en el tren, aprovechaba los vaivenes para acercárseme y plantarme cortos besitos en el rostro. Le dije que se la veía muy contenta.
—Comemos  juntos —zureó entre dos menudos besos—, ya sabes que no me gusta comer sola  —y después: beso y beso.
En O’donell me enseñó una bolsa y gorjeó en mi oreja:
—Pimientos asados, para que los comas de primero, rey —Sus labios se posaron en los míos como quien alimenta a un polluelo.
Haciéndose cargo de mi cansancio, me cedió un asiento libre y hasta la siguiente estación se estuvo abalanzando para continuar con ese besuqueo que me tenía ya, […]

El límite

"distratta e assonnata, nel metrò" de Claudio Riccio
"distratta e assonnata, nel metrò" de Claudio Riccio

La puerta del vagón se abrió y Asier entró mirando al suelo esquivando a la gente. Era verano y llevaba unos pantalones cortos negros y una camiseta azul pálido, a juego con sus deportivas. Buscando un asiento libre giró la cabeza hacia la derecha y al girarla hacia la izquierda la vio, de pie, a un par de metros de él. Llevaba una minifalda negra con un estampado de pequeños tréboles de color blanco, medias azul oscuro y unas deportivas rojas. Llevaba la blusa blanca abotonada hasta el cuello y un nombre, Sara, bordado en el lado izquierdo del pecho. Asier se quedó un segundo mirando sus labios pintados de rojo intenso y abrió la boca sin darse cuenta. […]