El mal de los salgazos

En mi cincuenta cumpleaños, Mari Ángeles me regaló un cuadro de petit point donde, enmarcada por un cielo de cenefas que simulaban gaviotas y un suelo de las mismas cenefas que imitaban olas, aparecía la palabra bordada en hilos verdes. Un trabajo concienzudo, al que ella había dedicado, horas y secreto.
Decir que ese regalo supuso el principio del fin, acaso sea exagerado. Pero desde luego, constituyó una de las razones por las que, unos meses después, Mari Ángeles y yo firmábamos el acuerdo de divorcio.
Cuando hicimos reparto de los bienes comunes, quise devolverle la manualidad; pero ella, con esa sonrisa comprensiva que sabe dedicar a los neuróticos, […]